Los efectos de una mala alimentación

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Los alimentos procesados se pueden adquirir en cualquier establecimiento, y también están disponibles en los centros educativos, lo que facilita su consumo diario por los niños. Consumir productos con alto contenido calórico, azúcares, aceite y sal, trae efectos negativos al organismo, como sobrepeso y obesidad desde temprana edad.

Lo que consumimos puede influir de manera positiva o negativa en nuestro comportamiento, porque cada comida tiene un efecto directo en la producción de señales químicas del cerebro que ayudan a aliviar la depresión, la ansiedad, la neurosis y los trastornos del sueño o potenciar estos problemas, también frecuentes en la diabetes.

Los lácteos (quesos, leche), huevos, pescados, carnes, legumbres, frutos secos y frutas (plátano, piña, aguacate) aportan una sustancia denominada triptófano, imprescindible para sintetizar un neurotransmisor denominado serotonina, relacionado con las emociones, la depresión, el control del hambre y del sueño.

Un déficit de serotonina implica un fallo en los circuitos que requieren esta sustancia.

Una mala alimentación basada en el consumo de azúcar, sal y grasas, produce en nuestro cerebro un efecto similar a
las drogas, lo que puede alterar nuestras habilidades mentales, memoria, aprendizaje, e incluso producir adicción. Por esta razón, es importante la educación alimentaria.

Como padres es parte de nuestra responsabilidad incluir desde temprana edad una dieta saludable en los hijos, con las porciones correctas, preparando refrigerios deliciosos que aporten los nutrientes necesarios para el organismo y evitar los alimentos procesados.

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